En la nueva temporada de la exitosa serie, “proteger a los niños” funciona como justificación para los atroces crímenes de las mujeres blancas.

Probablemente ningún grupo demográfico emergió de los estragos de 2017 con peor imagen que las mujeres blancas. Fue su poder de votación lo que colocó a Donald Trump en la silla presidencial, y es una camarilla de mujeres blancas —Kellyanne, Hope, Tomi, Megyn, Ivanka— la que ha llegado a caracterizar el rostro femenino de su desastrosa administración. Menos de un año después de las elecciones de 2016, las mujeres blancas en Alabama irían a las urnas y votarían en su mayoría por Roy Moore, el candidato republicano para el Senado que fue acusado de agredir sexualmente a una niña de 14 años. Por lo tanto, es apropiado, que una de las películas más taquilleras y aclamadas por la crítica, Get Out, nos presente a una villana blanca tan intensamente desagradable que hizo que incluso comer cereal pareciera amenazante. Las mujeres blancas han jugado un papel decisivo en los movimientos de la supremacía blanca durante más de un siglo, pero éste es el año en que la pregunta apareció en tinta negra en los periódicos: ¿Qué está mal con la mujeres blancas?

Black Mirror es un programa que acoge a muchos personajes femeninos, por lo que no es de extrañar que muchos de los villanos más convincentes de la nueva temporada no sean sólo mujeres blancas sino madres blancas. Si la feminidad blanca es aterradora porque ensombrece al mal, entonces la maternidad blanca lo es aún más, porque crea villanos con más que perder: son villanas que usan a sus hijos para justificar su comportamiento atroz.

El tercer episodio “Crocodile” nos brinda uno de los ejemplos más irredimibles: Mia (interpretada por Andrea Riseborough), una profesionista cuya frialdad se manifiesta no sólo en su apariencia física —su cabello marrón con un severo corte pixie en color platinado— sino también en los nevados paisajes islandeses que la rodean y la arquitectura del frío vidrio de su hogar. Quince años antes, estando drogada después de una noche de fiesta, estuvo involucrada en un accidente automovilístico en el que un ciclista perdió la vida. Su amigo, Rob, quien iba conduciendo durante el fatal accidente, la convenció de no ir a la policía. Juntos arrojaron el cuerpo y la bicicleta al río.

Mia llevando el Recaller
Mia llevando el Recaller

Volviendo al presente en una oscura habitación de hotel. Rob ahora está sobrio. Mia toma de una botella con una bebida alcohólica de color oscuro. Él saca un recorte de periódico: la esposa del hombre al que mataron todavía lo busca, busca respuestas. Rob quiere ir a confesarle todo, y tal vez incluso entregarse a la policía. Mia le ruega que no lo haga: “Tengo un hogar. Tengo una vida. Tú no sabes. No entiendes”, dice bufando, salpicando saliva al hablar. “Tú no estás casado. Tengo un hijo. Tiene nueve años. Has visto fotos de él”.

Estas líneas adquieren un nuevo significado cuando, más adelante en el episodio, Mia asesina fríamente a toda una familia musulmana, incluyendo a un pequeño bebé. Cuando una agente de seguros llamada Shazia (interpretada por Kiran Sonia Sawar) toca a la puerta de Mia para investigar un reclamo acerca de otro percance automovilístico no relacionado, accidentalmente descubre el pasado de violencia y asesinato de Mia usando un dispositivo de recuperación de memoria llamado Recaller. En una escalofriante escena, Shazia susurra una súplica islámica: “a Él pertenecemos y a Él volvemos”, antes de que Mia la mate. En un intento por ocultar sus huellas, Mia también mata al esposo de Shazia y a su pequeño hijo.

Mia llora mientras lo hace, de hecho, llora durante gran parte del episodio. Estas son las lágrimas de cocodrilo que, al parecer, le dan al episodio su nombre, y que se supone ayudaran a que sintamos empatía hacia su personaje. Por lo regular, así es como se convierten en armas las lágrimas de las mujeres blancas, haciendo del opresor la víctima, convirtiendo al malhechor en un santo. Ella no quería matar a Rob, ni a Shazia, ni a su esposo e hijo. Se vio obligada a hacerlo, cruelmente es el precio que tuvo que pagar para proteger a su propia familia, a su propio hijo. Y al final de la noche, Mia se une tranquilamente a su marido para ver la obra escolar de su hijo, sin esperar que la policía la encuentre ahí.

Shazia en “Crocodile”
Shazia en “Crocodile”

“Tengo un hijo”, le dice a Rob, como si esto pudiera mitigar su culpa. Gran parte de la violencia a lo largo de toda la historia occidental ha sido resultado del impulso de “proteger a los niños” o “luchar por ellos”. Es lo que la autora Maggie Nelson identifica como la razón detrás de “todo tipo de agendas nefastas, desde armar a las maestras de kínder hasta lanzar una bomba nuclear contra Irán y destruir así todas sus redes de seguridad social para extraer y quemar lo que queda de los suministros de combustibles fósiles del mundo”. La inocencia de los niños blancos es el incentivo necesario.

Es esta lógica la que rige la trama del segundo episodio de la temporada, “Arkangel”, acerca de una mujer blanca llamada Marie que está tan decidida a proteger la inocencia de su hija que instala un chip en su cerebro, el cual le permitirle ver y controlar todo lo que su hija está haciendo e incluso censurar o bloquear imágenes y experiencias dañinas. Un perro que ladra se le aparece a Sara, su hija, como una tenue mancha pixelada. No puede ver porno. La violencia le resulta indescifrable. Su madre apaga el filtro un día después de descubrir a Sara enterrándose un lápiz en su propio brazo ensangrentado, incapaz de sentir dolor o ver la lesión.

Si “proteger a los niños” funciona como una justificación para el comportamiento atroz, es una justificación que sólo es válida para las madres blancas, porque Estados Unidos no les concede a los niños que no son blancos la misma inocencia infalible. Analicemos el poderoso episodio final de Black Mirror, “Black Museum”, en el que una joven negra llamada Nish visita una institución en el desierto que se dedica a coleccionar “auténticos artefactos criminológicos”, curados por su loco propietario Rolo Haynes. Antes de esto, Rolo Haynes se había especializado en el “reclutamiento” de personas para probar tecnologías médicas experimentales. Se aprovechó de los vulnerables y desesperados, entre ellos, de un condenado a muerte llamado Clayton Leigh. Leigh, un hombre negro, fue sentenciado a muerte por el asesinato de un periodista décadas antes, y le dio a Haynes los derechos sobre su “impronta digital”, para “absorber toda su conciencia”.

Nish en “Black Museum”
Nish en “Black Museum”

En la gran exposición final del Black Museum, Haynes le permite a los invitados administrar y experimentar, una y otra vez, la muerte de Leigh en la silla eléctrica. En el momento de la visita de Nish, el alma digital de Leigh está completamente acabada debido a las múltiples ejecuciones. Su holograma mira tristemente por la ventana de la celda de la cárcel del Black Museum, su cuerpo débil, su imagen parpadeante de fatiga. Los invitados incluso reciben un token al final de su visita, un llavero de recuerdo que contiene una “reproducción consciente y emotiva de Clayton; no es una grabación, sino una copia fiel de su mente, que perpetuamente experimenta ese hermoso dolor”. Es entonces cuando Nish, con visible repulsión, le revela a Haynes que ella es la hija de Leigh, y que ha venido al Black Museum a vengar a su padre. Con concentración quirúrgica, ella lleva a cabo un plan que reemplaza la impronta digital de su padre con la de Haynes. Pone a Haynes en la silla de ejecución.

Es un final triunfal para una historia amarga, que ofrece un marcado contraste con “Arkangel” y “Crocodile”. Los sistemas creados para proteger a las familias blancas no tienen el mismo objetivo tratándose de las personas negras o morenas, por lo que a menudo se ven obligadas a buscar justicia bajo sus propios términos. En la escena final de “Black Museum”, Nish se mira en el espejo retrovisor. “¿Cómo lo hice, mamá? ¿Todo bien?”, le pregunta a su madre, quien resulta que ha estado compartiendo cuerpo con su hija todo este tiempo porque el suyo fue destruido por el dolor y la pena.

“Simplemente genial, cariño”, responde su madre desde el interior de su cabeza. Es la única historia de madre e hija en esta temporada que termina con una nota feliz.

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