Silicon Valley es el “mágico” lugar donde por cada invento trascendente como el iPhone o Google aparecen cientos o quizá miles de productos y plataformas que eran ridículas en retrospectiva pero no quita que en su momento algunas mentes brillantes decidieran invertir en ellas cantidades ingentes de dinero. El caso de Zume es curioso y, sinceramente, no sabemos muy bien en qué cesto ponerla.

La premisa es sencilla: si las pizzerías se pudieran mover y tener las pizzas listas para empezar a hornearse justo cuando el cliente aprieta un botón, todo en la vida sería más fácil. Quizá.

Zume tiene tres camiones horneadores que recorren las calles del sur de San Francisco en espera de clientes, como si de taxis se tratase. Una vez que se detecta un pedido, uno de los múltiples hornos del camión se activa y el conductor se dirige a la dirección de entrega.

Esta idea ha sido meritoria de más de 50 millones de dólares en inversión por parte de múltiples inversores, entre ellos la firma de Jerry Yang, fundador de Yahoo! y miembro de la vieja guardia de Silicon Valley.

Pero la cifra está a punto de verse pequeña en comparativa con una nueva giga-ronda de financiación procedente de SoftBank, el cañón financiero de Masayoshi Son, de entre 430 a 650 millones de euros según cuenta Bloomberg.

La startup con mayor valor en el mercado privado, Uber, cifrada en más de 55.000 millones de euros, consigue un 10% de sus ingresos de su división de reparto de comida UberEats, sin poseer ni un solo restaurante. SoftBank recientemente adquirió el 15% de Uber y posiciones en otras compañías del sector, con Zume solo redobla su apuesta.

¿Pero qué hace distinto a Zume Pizza de las pizzerías tradicionales? Su proceso de creación no parece revolucionario, quizá excesivamente simple. Y la venta de pizza a domicilio es un negocio increíblemente austero con márgenes reducidos.

Zume presume de tener robots con tecnología patentada especial que les darían una ventaja a la hora de cocinar grandes cantidades, pero en sus propias demostraciones los robots apenas tienen una labor testimonial.

La mayor parte del trabajo está hecha por humanos, desde el conductor del camión al cocinero que pone los ingredientes sobre la masa. La labor automatizada está reducida a la extensión de la salsa de tomate y a la recepción de pedidos que está íntegramente operada por una app para móviles.

De momento es una compañía con tres camiones y un par de docenas de empleados que hacen el trabajo de una forma posiblemente más costosa que en su versión tradicional y con un acabado culinario peor.

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