Lo primero que podemos decir es que no existen estudios en humanos que prueben su efectividad. Sin embargo, hay alguna evidencia a considerar.

En la revista médica Chest, un artículo sugería que esta preparación podría llegar a tener efectos antiinflamatorios. Los científicos estudiaron, en particular, el movimiento de los neutrófilos (un tipo de leucocito) combinados con sopa. Allí encontraron que estos disminuían. Sin embargo, el análisis fue hecho en el laboratorio (no en humanos) y no ahondaron en las sustancias que podrían provocar esto. Por lo tanto, no es concluyente.

Otro estudio en esta publicación se inclinó a los aromas. El olor de la sopa, sus especias y el calor serían una buena forma de limpiar la nariz y mejorar los síntomas respiratorios del resfrío. Se tomaron 15 voluntarios sanos, a los que se les insertó pequeñas partículas que hicieran las veces de las bacterias o virus y probaron con agua fría, caliente y sopa de pollo. Esta última fue más efectiva para estimular el sistema de transporte mucociliar, que ayuda al movimiento por el tracto respiratorio superior e inferior.

Pero no hay que ilusionarse. El trabajo, realizado hace aproximadamente cuarenta años, no pretende proporcionar pruebas irrefutables del poder curativo de la bebida de la abuela.

En lo que sí coinciden los expertos es en que no nos hará mal tomar un poco de sopa cuando estemos resfriados, así como cuando queramos comer algo liviano. ¿Por qué? Por los nutrientes que contiene y porque nos hidrata.

Así que, la próxima vez que estemos resfriados, en vez de mirar hacia arriba con descreimiento ante el bol de sopa, aceptémoslo con agrado. Aunque no sea medicinal, mal no nos vendrá.

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