Nadie tiene dudas que la empatía es una gran cosa: de alguna forma, nos permite captar el estado interno de otro ser humano en un momento determinado. Gracias a nuestro complejo andamiaje neuronal podemos “simular” estar sintiendo lo que la otra persona experimenta y así, de alguna forma, tener una idea de lo que atraviesa.

La empatía entró en circulación como concepto en el siglo XX como derivado de la palabra alemana Einguhlung, que puede ser traducida como “sentir con”.

Pero esto de la empatía no es tan sencillo. En la actualidad, la neurociencia nos habla de tres tipos distintos de empatía, y esto ya lo pude observar yo mismo en mi trabajo con personas que aprenden mindfulness: el que hay distintas formas de sentirse “empático”.

Por un lado, está la empatía cognitiva, que es el comprender lo que el otro piensa: vemos su perspectiva, entendemos su forma de ubicarse frente a determinada circunstancia. Luego hay una empatía emocional que tiene que ver con sentir lo que el otro está sintiendo, alcanza una dimensión más profunda y sensitiva. Hay así una conexión que parece más real, “nos ponemos en los zapatos del otro”. Pero hay también una tercera, es la que llamamos preocupación empática y está relacionada con lo que conocemos como compasión. Para diferenciarla de las demás, prácticamente no la llamamos empatía, sino así: compasión.

Son parecidos pero diferentes, con niveles de distinta profundidad. Por supuesto que esta última es la que más nos interesa desarrollar en nuestra práctica meditativa.

Empatizar y evitar conectar

Te habrá pasado alguna vez: presenciaste una situación muy lacerante para vos (un niño pidiendo, una familia durmiendo en la calle o un animal maltratado por su amo) y, luego de empatizar, rápidamente desviaste la atención para protegerte. O, en todo caso, te brindaste a vos mismo una explicación/justificación de lo que ocurre.

La compasión te acerca y eventualmente te incita a ayudar a quien sufre.

La compasión te acerca y eventualmente te incita a ayudar a quien sufre.

En cualquier caso, podés haber tenido algún tipo de empatía cognitiva y quizás hasta emocional, pero no la tercera, la compasiva, que te acerca y eventualmente te incita a ayudar a quien sufre. Recuerdo especialmente un amigo que solía contarme cómo, cada tanto, se iba a almorzar con alguna persona en situación de calle, o les regalaba un plato de comida para pasar el día. Me sorprendía la naturalidad con la que relataba estas situaciones, como si realmente no hubiera “otra cosa que hacer” frente a la percepción de la necesidad de un prójimo.

Por eso Daniel Goldman llama a la compasión, “aceptar sin darse vuelta”, y es lo que la diferencia de la empatía. Esta última es más contemplativa, mientras que la primera pasa a la acción y toma responsabilidad (la que pueda asumir, algunas veces puede ser muy poca).

Investigando la compasión

Los investigadores del Instituto Max Planck de Alemania expusieron a un grupo de voluntarios a unos videos de personas sufriendo y observaron cómo activaban sus cerebros emocionales en respuesta al dolor de esas personas. De alguna forma, esa experiencia visual los dejó molestos, como con un efecto contagioso que tomaron de las personas que sufrían. Entonces allí se les pidió que empatizaran con esas imágenes, observándose en la resonancia que se activaban circuitos de la ínsula (en el cerebro medio), y que son zonas que se activan cuando nosotros mismos sufrimos.

A otro grupo se lo entrenó en primera instancia con una versión de la meditación de la bondad amorosa. Los sujetos practicaron durante seis horas en una sesión instructiva y luego llevaron esa práctica a sus casas. Recién ahí fueron expuestos a los mismos videos que el otro grupo. Pero en este caso, se les pidió que sintieran amor por aquellos que sufrían, que pusieran en práctica lo aprendido en las horas de aprendizaje de bondad amorosa. Los investigadores encontraron entonces que sus cerebros activaron otra zona completamente distinta, que se relaciona con el amor parental hacia los hijos.

Tal nivel de conexión con las personas que sufrían nos habla de la posibilidad de estar más cerca y hacer realmente algo con el dolor de los demás. No sólo nos sentimos contagiados/invadidos por su sufrimiento sino que activamos algo más que nos empuja a tomar una responsabilidad.

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