Salta a la vista que las personas no envejecen de la misma forma y al mismo tiempo. ¿Cuántas veces nos pasó que ante la clásica pregunta ‘¿cuántos años crees que tiene?‘, nos sorprendemos por la respuesta? Elisabeth Blackburn (bioquímica, Nobel de Medicina en 2009), y Elissa Epel (profesora de psiquiatría) publicaron un libro donde explican este fenómeno.

Por un lado, los seres humanos tenemos un indicador en el cuerpo que proporciona datos sobre nuestro estado de salud y nuestro futuro deterioro. Se trata de la longitud de los telómeros, extremos de nuestros cromosomas. Estas regiones de ADN tienen un rol fundamental en el envejecimiento celular, así como también en el crecimiento de los tumores.

Sin embargo, “los genes juegan un papel del 50% en el envejecimiento. El resto está en nuestras manos”, aseguran las investigadoras, que publicaron recientemente un libro al respecto. La longitud de los telómeros no solo depende de lo que traemos “de fábrica” sino también de la influencia de nuestro entorno y las experiencias vividas. Las expertas aseguran que “tenemos más control sobre nuestro envejecimiento del que creemos. Nuestros comportamientos cotidianos pueden hacernos más longevos o provocarnos enfermedades y sufrimiento”.

Entre las cosas que dañan nuestros telómeros pueden encontrarse ciertos productos químicos (pesticidas, tinturas, plásticos, etc.); pero también la calidad de nuestras relaciones. Por caso, los ancianos que cuentan con un apoyo social suelen tener telómeros más largos. En cambio, si nuestros vínculos nos causan malestar, puede producirse el efecto contrario. He aquí la primera estrategia: rodearnos de personas que nos hagan bien es clave para vivir más, sobre todo en niños, que son mucho más permeables a ambientes negativos. Pero también es importante tener en cuenta la alimentación. Y esto, de acuerdo a las autoras, no es equivalente a comenzar una dieta. Recomiendan adquirir hábitos que sean realizables, a diferencia de las dietas, que conllevan una idea de finalización. Sugieren incorporar alimentos integrales y no ingerir productos procesados.

Otro hábito a adquirir es la actividad física. “Hay varios estudios que demuestran que, si una persona practica una actividad, aumenta su enzima antienvejecimiento, la telomerasa”, explican. Aquí se incluyen caminatas, ejercicio y actividades aeróbicas en general, pero también yoga o meditación, ya que ayudan a reducir el estrés. Sin embargo, las científicas advierten que no hay que caer en un sobreentrenamiento. Si no damos tiempo a nuestro cuerpo para que se recupere, podemos sufrir de agotamiento y problemas inmunológicos, lo que conllevaría a que nuestros músculos desarrollen telómeros más cortos.

Que la longitud de esta porción de ADN sea nuestra “línea de la vida” no quiere decir que podamos predecir cuándo moriremos. Si bien aportan un control estadístico al respecto, es sobre un grupo de miles de personas. A nivel individuo, no son precisos.

Existen tests de telómetros, aunque Blackburn y Epel no los recomiendan. “Provocan que la gente se preocupe en vez de ayudarla”, aseguran. Lo mismo ocurre con los suplementos para alargar telómetros que pueden encontrarse en el mercado. “A corto plazo parece que efectivamente los alargan. Pero los extremos de nuestros cromosomas actúan como un arma de doble filo. Si son demasiado largos, nos ponen en riesgo de desarrollar determinados cánceres”, advierten.

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